Hinmatóowyalahtq̓it (“trueno que retumba en las montañas”) era el nombre original de Jefe Joseph, que fue rebautizado por un misionero británico. Su padre dirigió durante mucho tiempo el destino del grupo de indios “nez percé” del Valle del Wallowa, una vasta zona fértil, rica en pastos para los caballos y con un clima templado en la que había vivido esta comunidad de seres humanos durante un gran número de siglos. Los primeros contactos con los “blancos” fueron amables, pues consideraban que la religión que éstos trataban de difundir era muy compatible con su tradicional concepción cosmológica y ética.

Sin embargo, la relación se enturbió muy rápidamente, porque las provechosas tierras en las que vivían comenzaron a ser deseadas por los EEUU. El padre de nuestro protagonista sospechaba de la trampa a la que iban a ser sometidos y se negó a negociar la emigración o la reclusión de su pueblo en una reserva. Murió poco después y le sucedió Jefe Joseph; se mantuvo firme y pacífico, sin avivar el conflicto, pero sin ceder un solo paso. Esto no amedrentó a los “blancos”, que consiguieron llevar hasta la extenuación la resistencia del pueblo “nez percé” y forzarles a emigrar de su tierra con amenazas y episodios esporádicos de violencia.

Sin embargo, varios grupos de la tribu y el clan del Jefe Joseph se declararon en rebeldía y plantaron cara a los estadounidenses, lo que originó un sangriento conflicto, acontecido en los últimos meses de 1877, del que sólo sobrevivieron 418 “nez percé”.

Se rindieron y fueron engañados otra vez, ya que se convirtieron en prisioneros de tierras secas y estériles, ni siquiera cercanas a la reserva que les fue prometida años atrás. Jefe Joseph, desesperado, habló en Washington en 1879 para pedir un trato justo a su pueblo, un lugar donde vivir en paz y “libertad”, una tierra que no mate a su gente de hambre y sed.

Se trata de una alocución resignada en la que expresa sus dudas sobre la autoridad de los blancos para decir a los indios qué es lo que tienen que hacer y dónde tienen que vivir, en la que reclama una igualdad ante la ley inexistente para los no nacidos con la piel blanca.

En definitiva, está afirmando la necesidad de aplicar universalmente los derechos expuestos en la Declaración de la Independencia, y, con ello, luchando por aquellos que son desprovistos de esos derechos sin justificación racional alguna.

No entiendo por qué no se hace nada por mi pueblo. He oído hablar y hablar, pero no veo que se haga nada. Las buenas palabras no duran mucho, a menos que se concreten en hechos.

Las palabras no pagan por los muertos de mi pueblo. No pagan por mi territorio, dominado ahora por los blancos. No protegen la tumba de mi padre. No pagan todo mi ganado y mis caballos.

Las buenas palabras no me devolverán a mis hijos. Las buenas palabras no cumplen la promesa de vuestro jefe guerrero, el general Miles. Las buenas palabras no dan salud a mi pueblo ni impiden que los míos sigan muriéndose. Las buenas palabras no dan a mi pueblo un lugar en el que pueda vivir en paz y cuidar de sí mismo. Estoy cansado de las palabras que se quedan en nada.

Me entristece recordar todas las buenas palabras y todas las promesas rotas. (…)

Los blancos pueden vivir en paz con los indios si quieren hacerlo. No tiene por qué haber problemas. Tratad a todos los hombres igual. Dadles la misma ley. Dadles a todos la oportunidad de vivir y desarrollarse. Todos los hombres han sido creados por el mismo Jefe Gran Espíritu. Son todos hermanos. La tierra es la madre de todos los hombres y todos los hombres deberían tener lo mismos derechos sobre ella.

Esperar que un hombre que ha nacido libre esté contento cuando se le confina y se le niega la libertad de ir a donde le plazca sería como esperar que los ríos fluyan corriente arriba.

¿Esperáis que un caballo engorde si le atáis a una estaca? Si encerráis a un indio en un rincón y le obligáis a quedarse allí sin moverse, no estará contento, no podrá crecer y prosperar. He preguntado a algunos grandes jefes blancos de dónde sacan ellos su autoridad para decir a los indios que tienen que quedarse en un sitio mientras ven a los blancos ir a donde les place. No han sabido contestarme.

Sólo pido al gobierno que me trate como a todos los demás hombres.

Si no puedo volver a mi hogar, permitidme tener un hogar en algún territorio en el que mi gente no muera tan deprisa. Me gustaría ir al valle del Bitterroot. Allí mi pueblo estaría bien; donde están ahora se está muriendo. Han muerto tres desde que salí del campamento para venir a Washington.

Me embarga una gran tristeza al pensar en nuestra situación. Veo a los hombres de mi raza tratados como forajidos, conducidos de un territorio a otro, o derribados de un tiro como animales.

Sé que mi raza tiene que cambiar. No podemos competir con los blancos tal como somos. Sólo pedimos las mismas oportunidades de vivir como los demás hombres.

Pedimos que se reconozca que somos seres humanos. Pedimos que la misma ley se aplique a todos los hombres. Si el indio infringe la ley, que se le castigue conforme a la ley. Si el blanco infringe la ley, que se le castigue también.

Permitidme ser un hombre libre: libre para viajar, libre para pararme, libre para trabajar, libre para comerciar donde yo quiera, libre para elegir a mis propios maestros, libre para seguir la religión de mis padres, libre para pensar y hablar y actuar por mí mismo. Y obedeceré las leyes o aceptaré el castigo.

Cuando el blanco trate al indio como a los demás blancos se acabarán las guerras. Seremos todos iguales: hermanos del mismo padre y de la misma madre, con un cielo sobre nosotros y un mismo gobierno para todos.

Entonces el Jefe Gran Espíritu que rige en lo alto sonreirá a esta tierra y enviará lluvia que la ve del rostro de la tierra las manchas de la sangre derramada por las manos de los hermanos.

El pueblo indio espera que llegue ese momento y reza por ello. Espero que los gritos de los hombres y mujeres heridos  no vuelvan a llegar a los oídos del Gran Espíritu y que todos los pueblos sean uno. Inmatuyakalet ha hablado por su pueblo.

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